Yo sabía que la tierra me iba a brindar prosperidad

Una historia de huertas, macetas, aprendizaje y el descubrimiento de la prosperidad en la tierra.

Lámina botánica de lechuga acuarelada con anotaciones sobre sus hojas tiernas

En las casas de mis abuelas siempre hubo plantas. Muchas plantas. Había tomates cherry que salían por las orejas, chauchas que ya no sabían dónde poner y una parra que era solamente mía.

De chica no pensaba demasiado en todo aquello. Era parte de la vida. Las plantas crecían, alguien cosechaba y siempre había algo dando vueltas por la casa. Yo andaba por ahí, entre las plantas, jugando o haciendo cualquier otra cosa. No recuerdo haber tenido una pasión especial por la jardinería. Me gustaba, claro, pero no era algo a lo que le prestara demasiada atención.

Muchos años después, viviendo en Capital Federal, tuve una experiencia bastante sencilla que me hizo mirar las cosas de otra manera.

Una lechuga en una maceta.

Parece una pavada, ¿no? Después de todo, las personas cultivamos alimentos desde hace miles de años. Lo sabemos. Pero una cosa es saberlo y otra muy distinta es comprenderlo cuando tenés una lechuga creciendo en una maceta delante de tus ojos.

Porque esa lechuga la cultivaste vos.

Y no importa si no es una lechuga perfecta, si no tiene la forma ideal ni el color ideal. Es tu lechuga. Se trata de haber hecho algo con la tierra, de haber participado con tus propias manos en ese intercambio tan particular en el que una semilla termina convirtiéndose en alimento.

Y después cosecharla. Llevarla a la mesa. Compartirla.

Hay algo en esa experiencia que no se parece a ninguna compra.

A partir de entonces empecé a mirar los espacios de otra manera. Un rincón donde llegaba el sol, una maceta suficientemente grande, un pedacito de terraza. Siempre aparecía la misma pregunta: ¿acá podría plantar una lechuga?

Con el tiempo, aquellas macetas empezaron a multiplicarse.

Llegué a tener una huerta en una terraza de apenas tres por tres metros. Había dos palets en el piso y, alrededor, macetas de todos los tamaños. Grandes, chicas, anchas, de cemento. Las había dispuesto formando una especie de U, como si fueran los bordes de un cantero. Era mi manera de organizar el espacio y aprovechar cada rincón.

Y crecía de todo.

Hasta tenía un cedrón que parecía un arbolito, con ramas que pasaban por encima de mi cabeza. Y un guaco que había traído de la casa de mi bisabuela, una planta que en Uruguay se utilizaba tradicionalmente para preparar remedios caseros para la garganta.

Ese guaco creció de una manera impresionante. Después lo perdí y nunca más conseguí otro. Todavía me acuerdo de él.

Lo curioso es que, mientras todo aquello ocurría, yo iba aprendiendo.

Y después vinieron los cursos, el diseño, las lecturas, muchísimo YouTube, recorrer viveros, conocer huertas y, sobre todo, practicar. Practicar y practicar. Me había agarrado la locura de las plantas y quería saber cada vez más.

Porque cuando algo te gusta mucho, le prestás una atención extraordinaria.

Mirás una hoja de lechuga y notás que cambió de tamaño, que tiene otro color, que ayer estaba de una manera y hoy está de otra. Parece que no estás haciendo nada especial, pero estás aprendiendo.

Y aprendés tanto que a veces ni siquiera sabés en qué momento incorporaste ese conocimiento.

A mí me pasó bastante eso.

Cuando finalmente tuve la posibilidad de construir una huerta más grande, directamente sobre la tierra, ya llevaba años cultivando, probando y observando.

No tenía ninguna duda de que iba a funcionar.

Y tampoco tenía demasiado interés en hacer las cosas a medias.

Soy bastante meticulosa. De las que le buscan el pelo al huevo, como decimos por acá. Así que preparé mis bancales con mucho cuidado, pensando no solamente en lo que quería cosechar, sino también en cómo quería que funcionara esa tierra con el paso del tiempo.

Porque había algo que tenía muy claro: no quería depender eternamente de comprar bolsas y bolsas de sustrato para mantener una huerta.

Quería conseguir una tierra rica, con buena estructura, capaz de sostener sucesivas temporadas de cultivo. Una tierra que mejorara con los años y en la que las plantas encontraran buenas condiciones para desarrollarse.

Y entonces llegó aquella primera temporada.

La huerta fue una maravilla.

De pronto había plantas por todas partes, cosechas abundantes y esa sensación extraordinaria de que siempre había algo creciendo.

Y, por supuesto, yo quería plantar de todo.

Creo que cuando una huerta empieza a producir bien es bastante fácil pasarse cinco pueblos. Querés aprovechar cada rincón, probar otra especie, sembrar un poquito más. Y cuando te das cuenta, ya no sabés dónde poner tantas plantas.

Pero eso es parte de lo que me gusta de cultivar.

Una huerta está permanentemente en movimiento. Sembrás, germina, crece, cosechás y volvés a sembrar. Nunca está exactamente igual que la semana anterior.

Y cuando ese movimiento funciona, cuando las cosechas se suceden unas a otras, hay una satisfacción enorme.

A mí me hace muy feliz comer lo que cultivo.

Me gustaba entonces y me sigue gustando ahora. Salir a buscar unas hojas para preparar la comida, cosechar algo que sembraste semanas atrás, descubrir que una planta produjo mucho más de lo que esperabas.

Con el tiempo aprendí que una buena huerta necesita bastante más que entusiasmo. Pero también creo que ese entusiasmo tiene mucho que ver con todo lo que una llega a aprender.

Aquella primera temporada fue abundante, sí. Pero, sobre todo, fue la confirmación de algo que yo venía pensando desde hacía mucho tiempo.

Yo sabía que la tierra me iba a brindar prosperidad.

Y ahí estaba, cosechando.

Natalia Rocha

NNRG

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