Por qué sumar flores a tu huerta cambia por completo tus cultivos
Flores, abejas, sírfidos, vaquitas y otros visitantes pueden transformar la huerta. Descubrí qué plantar y cómo hacerles lugar.
Una huerta llena de flores se mueve distinto. Hay abejas entrando y saliendo, alguna mariposa que aparece sin invitación y pequeños insectos que recién descubrís cuando te detenés a mirar. Esa vida no es decoración alrededor de los cultivos: forma parte de la huerta.
Sumar diversidad vegetal puede ofrecer alimento y refugio a polinizadores y a otros insectos que participan del equilibrio del lugar. No hace falta transformar el patio en una selva ni llenar cada maceta. A veces unas pocas flores bien elegidas alcanzan para empezar a notar visitantes nuevos.
Flores que ponen la huerta en movimiento
Tomates, morrones y berenjenas pueden producir con su propio polen, aunque las visitas de ciertos insectos favorecen el proceso. Zapallos, zapallitos, pepinos y muchas otras plantas dependen mucho más del traslado de polen entre flores. Ahí las abejas y otros polinizadores hacen un trabajo enorme mientras van buscando néctar y polen.
Pero no todo visitante viene a polinizar. Las flores también pueden alimentar, en alguna etapa de su vida, a sírfidos, crisopas, pequeñas avispas parasitoides y otros insectos cuyos adultos o larvas consumen pulgones y otros pequeños habitantes de la huerta.
Eso no significa que una caléndula vaya a borrar las plagas del mapa. Una huerta diversa sigue teniendo pulgones, orugas y hojas mordidas. La diferencia es que estamos creando un ambiente donde también pueden aparecer sus predadores. El objetivo no es una huerta sin insectos; es una huerta con más equilibrio.
Qué flores y aromáticas podés sumar
Caléndulas, zinnias, cosmos, borrajas y girasoles son opciones interesantes porque ofrecen flores visibles y pueden integrarse fácilmente entre los cultivos. Elegí según tu clima, la época del año y el espacio disponible: un girasol puede ser maravilloso en un cantero y bastante aparatoso en una macetita de veinte centímetros.
Las aromáticas también tienen mucho para ofrecer cuando las dejamos florecer. Romero, tomillo, orégano, cilantro, hinojo y albahaca producen flores que reciben numerosos insectos. Esa albahaca que estabas por arrancar porque empezó a florecer puede tener una segunda vida como pequeño comedor de polinizadores.
Si tenés lugar, tratá de combinar flores de distintas formas y épocas. Así no concentrás todo el alimento en quince días de primavera. Una huerta que mantiene alguna floración durante varios meses ofrece visitas durante mucho más tiempo.
Y si podés elegir, priorizá plantas adaptadas a tu región junto con las cultivadas habituales. La fauna local reconoce y utiliza muchas especies nativas que a veces ni siquiera pensamos como plantas de huerta.
Un poco de desorden también ayuda
La biodiversidad no necesita que todo esté perfectamente peinado. Una esquina con hojas secas, algunos tallos huecos que quedan después de la floración o un pequeño recipiente seguro con agua pueden sumar refugios y recursos para distintos animales.
En espacios chicos, podés repartir las flores entre las hortalizas o colocar macetas alrededor. En un cantero grande, armá pequeños grupos en distintos puntos en vez de concentrarlas todas en una punta. La idea es que haya recursos cerca de los cultivos y que la huerta no sea una larga fila de una única especie.
También conviene dejar de mirar automáticamente cualquier agujerito en una hoja como una emergencia. Primero observá. Muchas veces el daño es pequeño y la planta sigue creciendo perfectamente. Ese minuto antes de intervenir puede permitirte descubrir quién está comiendo a quién.
Cuidar a los insectos que querés atraer
Si invitás polinizadores y predadores a la huerta, tené cuidado con los insecticidas de amplio espectro. Incluso algunos productos aceptados en agricultura orgánica pueden afectar organismos que no eran el objetivo. Antes de aplicar algo, identificá el problema y evaluá si realmente necesita una intervención.
Hay acciones sencillas que ayudan mucho: evitar pulverizar flores abiertas, ofrecer agua poco profunda con piedras donde los insectos puedan posarse, mantener sectores con floración y no eliminar cada rincón silvestre apenas aparece.
Después viene la parte más entretenida: mirar. Una flor que ayer parecía vacía hoy puede tener una abeja cubierta de polen, un sírfido suspendido en el aire o una vaquita recorriendo un tallo lleno de pulgones.
Una huerta biodiversa no es una huerta perfecta. Tiene hojas comidas, bichos que no conocemos y momentos en los que algo se desordena. Pero también está más viva. Y cuando empezás a reconocer a sus visitantes, cultivar deja de ser solamente producir verduras: empezás a mirar un pequeño ecosistema que cambia todos los días.
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